El mundo sin nosotros

 In Entendiendo la naturaleza, Itinerantur te cuenta

“El Mundo sin Nosotros” durante nuestro confinamiento.

Encerrados en casa, nuestra mente tiene algunos momentos más de calma –o aburrimiento, según se mire- para poner cosas en su sitio o rescatar ideas escondidas por el paso del tiempo. Por ejemplo, recordamos nuestros años universitarios. En ejercicios de ecología-ficción, tanto nosotros como nuestros profesores nos preguntábamos qué pasaría en la Tierra con una reducción muy drástica de la actividad humana. Como ambientólogos suponíamos lo evidente: una mejora de los procesos ecológicos en general, hablando llanamente. Gracias al estudio de la Hipótesis Gaia, de James Lovelock, también sabíamos que a la vida le da igual que existamos o no: ella continuará, y continuará adaptando la superficie terrestre a su propia supervivencia.

Dr. James Lovelock. Fuente: abc.es

Un día descubrimos un ensayo rompedor: un estudio que, partiendo del escenario de una total y repentina desaparición del ser humano de la faz del planeta, analiza cómo evolucionará todo lo que conocemos a lo largo de los días, los años, los eones. Se llama El Mundo sin Nosotros (Debate, 2007), del divulgador estadounidense Alan Weisman, y nos lo ha traído de vuelta a la cabeza la actual situación de encierro sin precedentes que estamos viviendo. Este libro le daba la vuelta al puro pesimismo ambiental para poner en evidencia nuestro impacto sobre el medio describiendo cómo este se recuperaría sin nuestra presencia.

Salvando las distancias, porque no hemos desaparecido del mundo de momento, las imágenes que todos hemos visto estas semanas (los cielos más limpios, los ríos transparentes, la fauna recuperando espacios perdidos, etc.) nos deberían hacer recapacitar sobre nuestros efectos negativos sobre el medio (vivo e inerte) que nos sustenta cuando toda nuestra maquinaria industrial, económica y de consumo está cien por cien operativa. A pesar de los durísimos inconvenientes de la enfermedad COVID-19 y  el enclaustramiento forzado (empezando por la muerte de nuestros seres queridos, y continuando con que nuestras propias empresas y proyectos puede que se vayan literalmente al garete), tenemos la oportunidad de medir cuantitativa y cualitativamente qué supone ambientalmente un parón de estas características. Por de pronto, se nos ocurre lo siguiente:

  • Reducción de gases de efecto invernadero (GEI), al disminuir todo tipo de transporte motorizado, público o individual, terrestre, aéreo o marítimo, así como la actividad manufacturera o la producción de carne para consumo humano que reportan los productores, al desaparecer los pedidos de restaurantes. (No hay que olvidar que el sector cárnico emite más GEI que todo el transporte mundial junto.)

 

  • Reducción de residuos sólidos en nuestras calles, campos y medio ambiente terrestre y marino. Al no salir de casa, toda la materia de desecho que generamos está más controlada y confinada, como nosotros. Por tanto, se interrumpe la llegada de estos desechos a ríos, mares y océanos.

 

  • Reducción de compuestos químicos perjudiciales para la salud de insectos, anfibios, aves, mamíferos… y humanos, producidos por industrias manufactureras ahora paradas o por el transporte a gran escala. Se da una gran paradoja con el SARS-CoV-2: la epidemia puede salvar más vidas que muertes produzca. En China, donde hasta la fecha han muerto muchos miles de personas por el nuevo coronavirus, cada año en cambio mueren de media más de 1 millón de personas víctimas de lo que se ha dado en llamar “airepocalipsis”, la masiva nube contaminante del gigante asiático.

Comparativa de las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO2) en diciembre de 2019 y marzo de 2020 (ESA). Fuente: lavanguardia.com

  • Reducción drástica de molestias (estrés) a la fauna local más próxima a ciudades y pueblos, ya que no salimos de nuestra casa ni producimos ruidos, ni persecuciones, ni perturbación del descanso de la fauna.

 

  • Reducción drástica de la destrucción de hábitats, normalmente derivada de la tala de árboles, la actividad constructiva, la desecación de humedales, los incendios con origen antrópico, etc.

 

  • Aumento de la disponibilidad de alimento para muchos de los habitantes del medio natural derivado de las desapariciones de la presión y la competencia ejercidas por el ser humano.

 

  • Aumento de las posibilidades de supervivencia para unos y otros seres beneficiarios de ello. Por lo tanto, avance de las especies en peligro de extinción por causas humanas.

 

 

 

Ojo, que conste: estando en casa seguimos consumiendo recursos y produciendo desechos de todo tipo. La agricultura sigue en marcha, los productos que en ella se utilizan también (fertilizantes, pesticidas, etc.). Las industrias necesarias para pervivir siguen operativas, y no olvidemos este dato: aunque dejáramos ahora mismo de emitir GEI a la atmósfera derivados de la quema de combustibles fósiles, según los expertos en cambio climático, los niveles de CO2 podrían tardar hasta 100.000 años en volver a los niveles de antes de nuestra aparición.

Tampoco hay que ser ingenuos y pensar que después de todo esto se producirá un aumento y propagación de la conciencia ecológica humana, que un nuevo mundo renacerá de las cenizas del anterior y que, además, todo eso impregnará automáticamente a los políticos y grandes empresarios que gobiernan el mundo. Aunque a muchos nos haga soñar, eso no va a pasar. Cuando acabe el confinamiento, las empresas querrán volver a funcionar con normalidad, se perseguirá una recuperación rápida de la economía y, de hecho, se estimulará para que eso ocurra. Por ejemplo, en China (el mayor contaminante mundial junto con EE.UU. y Europa), según Li Shuo en este artículo, asesor de política climática de Greenpeace East Asia, “podría haber una ronda de estímulo económico que inyectaría créditos baratos a las industrias pesadas y, como resultado de eso, podríamos ver un aumento de los contaminantes y también las emisiones de CO2 en la segunda mitad de este año”. Igual en China que en Europa, donde ya se propone un nuevo “Plan Marshall” para salir del colapso económico al que, probablemente, nos vemos abocados.

Sin embargo, muchos coincidimos en las similitudes entre la emergencia sanitaria y la climática. De hecho, acabamos de comprobar cómo de rápida, articulada y contundente puede ser la respuesta internacional cuando se está al borde del precipicio. ¿No estamos al borde del precipicio también en lo que se refiere al clima y a la salud de la Tierra? ¿No declaró el Gobierno español a principios de 2020 la situación de “Emergencia Climática”? ¿No deberíamos, como ahora sabemos que requiere un estado de emergencia, autoimponernos también disminuciones continuadas de nuestras acciones más agresivas sobre el medio ambiente?

Por suerte o por desgracia, el coronavirus nos está dejando ver, como si fuera a través de una ventana espontánea que desaparecerá en cualquier momento, cómo sería nuestro mundo si nuestro estilo de vida fuera más acorde con los ciclos de la biosfera: cómo sería vivir en una sociedad en decrecimiento que, no obstante, nos permitiría crecer como seres humanos de formas inimaginables o, mejor dicho, olvidadas.

Aunque muchos lo ignoren, somos afortunados: la Tierra nos sigue queriendo igual que a los otros millones de especies que la habitan. No quiere un mundo sin nosotros… Todavía.