Fuente de la foto: cdn.theatlantic.com
Los que hemos pasado largos períodos en contacto con la Naturaleza ya nos lo olíamos, lo intuíamos sin llegar a vislumbrarlo, pero ahora la ciencia sugiere que puede ser verdad: al aire libre todo se aprende mejor. Y es gracias a un pequeñísimo ser vivo de cuya presencia no somos conscientes: Mycobacterium vaccae, una bacteria muy especial.
Como nos cuentan desde la revista Muy Interesante, unos investigadores estadounidenses ya habían comprobado que esta bacteria, que vive en la tierra y que habitualmente respiramos e ingerimos cuando estamos en el medio natural, reduce la ansiedad en ratones desarrollando ciertas neuronas que aumentan los niveles de serotonina.
Ahora han llegado más lejos: pudieron comprobar en nuevos experimentos como esos ratones también se mueven mejor, más rápido y con menos ansiedad por sus pequeños laberintos cuando se les da comida impregnada de este microorganismo. Es un efecto temporal que desaparece cuando dejan de consumir la bacteria, pero ello sugiere que pasar más tiempo al aire libre podría tener consecuencias parecidas en el ser humano: mejorar nuestra capacidad de aprender nuevas cosas.
Aunque no sea necesaria la mediación de una bacteria para llegar a ella, la conclusión es muy evidente: salgamos más al campo, a la playa, a la montaña y, sobre todo, llevemos a los humanos más pequeños con nosotros. ¿A quién no le encantaba salir de excursión cuando íbamos a la escuela? Quizá ahora sabemos por qué aquellas desmesuradas ganas de salir de clase: además de por sentirnos más libres y desapegados de nuestros vigilantes tutores, quizá nuestro nerviosismo disminuía, quizá un sentimiento de comunión con el mundo se hacía bien palpable, quizá los guías nos explicaban cosas que entendíamos mejor y nos gustaba contar cuando llegábamos rendidos a casa. Y todo era, quizá, por esta pequeña bacteria, Mycobacterium vaccae.